“Prague Pride”, paradoja de una sociedad multicolor sin matices

Los corresponsales de las agencias de noticias nacionales y extranjeras hemos tenido que informar sobre el festival “Prague Pride”, que tuvo lugar en la capital checa del 10 al 14 de agosto, y que el sábado 13 inundó la ciudad, durante una hora y media, con los tradicionales colores del arco iris.

No sorprende el aluvión de noticias sobre el evento, que fue el primer acto público en Praga de las comunidades LGBT, siglas con las que se presentan las minorías surgidas de una orientación sexual distinta.

Con este acto de presentación en sociedad esas minorías han querido reivindicar unos derechos, que ven lesionados sobre todo en el caso de los transgéneros, y mantener viva una lucha por el respeto y la tolerancia hacia sus intereses, entre los que figuran la adopción por parejas homosexuales registradas.

Y ello a pesar de que pedagogos y psicólogos infantiles -que asesoran al Gobierno en esta materia- se han mostrado en contra de esa solución: sin perjuicio de los problemas que tienen las familias para educar a sus hijos, la adopción por los homosexuales no les parece a priori el mejor entorno para la crianza de un niño. Pero aquí no existen los matices, y la legislación ideal para los homosexuales checos es la holandesa, totalmente liberal.

La tranquilidad de agosto hizo que el evento tuviera una fuerza mediática inusitada, e incluso la meteorología -que minutos antes del desfile convirtió las calles de Praga en una riada- se aplacó, y permitió que la marcha discurriera sin percances y bajo los rayos del sol por el centro de la ciudad.

Como era de esperar, el “Prague Pride” se convirtió en un culebrón canicular, una vez que el polémico presidente checo, Vaclav Klaus, y personas cercanas a él ideológicamente (el vicecanciller del Castillo de Praga, Jiri Hajek, y el jefe de personal del Ministerio de Educación, Ladislav Batora) se pronunciaron sobre el asunto, y no precisamente a favor.

A partir de este momento, muchos medios de comunicación se dedicaron a alimentar el tradicional maniqueismo de buenos y malos.

Klaus, casi siempre el malo de la película para la prensa “mainstream” (no importa si habla sobre homosexuales, ecología, Unión Europea u ONG), reaccionó a la declaración de apoyo al festival realizada por trece misiones diplomáticas, lideradas por EE.UU. e Inglaterra, y seguidas por España y otras.

El dirigente checo se rasgó las vestiduras, ya que la marcha había sido permitida y las uniones homosexuales se rigen en la República Checa, desde 2006, por una legislación que es casi idéntica a la de los matrimonios: ¿por qué esos representantes extranjeros quieren convertirse en paladines de una causa, cuando en realidad esa causa no existe?, se preguntaba Klaus.

Y no intervinieron a título personal, sino que lo hicieron en nombre de sus respectivos gobiernos.Quizás temían que hubiera disturbios, como sucedió en Bratislava el año pasado, cuando los del desfile del Orgullo Gay -entre ellos la eurodiputada austríaca Ulrike Lunacek- fueron alcanzados con piedras.

En la declaración de apoyo al festival praguense no figuraron en esta ocasión los embajadores de Polonia ni de Hungría, a diferencia del documento similar suscrito por 20 de sus homólogos en favor de la marcha de Pride Bratislava del 4 de junio pasado.

Sin perjuicio de este revuelo diplomático y de una situación servida por la ausencia de noticias, tuve ocasión de entrevistar a Czeslaw Walek, director de la plataforma “Prague Pride” y activista gay.

Me dijo una frase que me llamó mucho la atención: “Hay muchas personas de pequeñas ciudades que no son felices, que deben esconderse, que no le dicen a su abuela o a su madre que son gays o lesbianas, porque tienen miedo, miedo a que les peguen”.

Las madres y las abuelas sueles ser personas comprensivas y de confianza, y a menudo fortalecen nuestra conciencia moral cuando está en proceso de construcción o se tambalea. Al menos ese es el recuerdo que guardo de mi madre y abuela, y por ello les estoy inmensamente agradecido. Poner en tela de juicio la rectitud y el papel de las madres y abuelas sí que tiene que ver con el orgullo, y no precisamente el sano orgullo.

22. 08. 2011