La colonia española en Checoslovaquia, en recuerdo de Teresa Pàmies

Son varios los hechos que explican por qué Praga se convirtió en uno de los destinos del exilio comunista tras la Guerra Civil española. Se trata de una avanzadilla de la órbita soviética que puede servir de enlace entre París y Moscú. Después de la Segunda Guerra Mundial son enviados por el Partido Comunista de España (PCE) a la capital checoslovaca 26 militantes procedentes de Francia. Ahí logran integrarse con la ayuda de la Sociedad de Amigos de la España Democrática. De estos, 14 trabajaron como obreros en la fábrica de la Českomoravská Kolben Daněk (ČKD), pues -además de conspirar- de algo había que vivir.

Tras la ruptura de Stalin con el mariscal Josip Brož Tito en 1948, son obligados a salir de Belgrado otros tantos españoles, afanados en el adiestramiento para la guerra de guerrillas. De este grupo de militantes, 21 son enviados por el PCE a Praga, al tenor de que Stalin diera por buena la repartición de las esferas de influencia en Europa con las potencias occidentales. Y con el fin de no irritar al carismático líder yugoslavo, aliado de la guerra, que no quiere sujetos subversivos afines a Moscú en su territorio.

Con la ilegalización del PCE en Francia, decretada en 1950, se desata una ola de redadas. La IV República francesa, con el joven Francois Miterrand en el Gobierno, resulta funesta para los intereses de los revolucionarios españoles al norte de los Pirineos. Algunos, como el exministro de Agricultura Vicente Uribe, logran escapar a Praga. Pero la mayoría son deportados a Córcega y Argelia. En realidad, en Córcega no existieron campos de concentración, como reconoce Dely Serrano. Y lo sabe porque su padre estuvo desplazado en la isla francesa.

De aquí surge un flujo de exiliados políticos en Centroeuropa, una vez que las altas instancias del PCE intercedieran en su favor. Fue Dolores Ibarruri quien cursó esa petición humanitaria a los jefes de Estado de las democracias populares (Polonia, Checoslovaquia y Hungría). En 1951, el Ejecutivo de Praga acogió a 32 de estos militantes, con los que posteriormente se reunificaron otros 48 familiares.

La decisión de Stalin y la postura de Francia suponen que los conspiradores izquierdistas y maquis dejaban oficialmente de existir, aunque hubo bastantes que continuaron trabajando clandestinamente, a espaldas del Moscú. De hecho, según Antonio Pàmies (hijo de Gregorio López Raimundo y Teresa Pàmies), casi todos los comunistas que operaban en Francia eran “ilegales”. Algunos, como López Raimundo, incluso hasta que el PCE se legalizara en la Semana Santa de 1977. Decide así integrarse en el nuevo sistema constitucional y convertirse en diputado por Barcelona de la formación marxista. La misma que había dinamitado la convivencia pacífica y el orden constitucional de la II República. Los comunistas no fueron lo únicos. Tuvieron como compañeros de viaje al “bolchevizado” PSOE, al sindicato anarquista CNT, al socialista UGT, a la Ezquerra Republicana catalana, y a las otras fuerzas que integraron el Frente Popular de 1936. Ni los socialista de Pablo Iglesias ni los comunistas que abrazaron la III Internacional aceptaron nunca los resultados democráticos de unas urnas, y tomaron la calle tan pronto como no les fueron propicios, con el fin declarado de instaurar la dictadura del proletariado. No fueron en esto una pizca democráticos, pero sí consecuentes con sus ideas utópicas y revolucionarias.

Volviendo a Checoslovaquia, y como constata la historiadora húngara Szilvia Pethö, a partir de datos del partido, existe en diciembre de 1952 un recuento preciso de los exiliados españoles en Checoslovaquia, desglosado según su procedencia: de Francia 52; deportados de Córcega 19; deportados de Argelia 12; de Yugoslavia 21; de Inglaterra 3; de México 2; y de otros países 5, para totalizar 114 adultos.

Todos ellos se organizan en dos colectivos, de Praga y Ustí nad Labem, y estos colectivos a su vez en grupos. Las primeras dos olas de estos expatriados -la de Francia y Belgrado- acabaron en la capital, mientras que la tercera fue a parar en su mayoría a la ciudad norteña, conocida por su industria.

En medio de nostalgias y patriotismos, aquellos españoles constituían una colonia “bastante normalita”, como se apresuran a decir hoy algunos de sus más conspicuos representantes. Apenas había entre ellos intelectuales. El profesor Antonio Cordón y su mujer, Rosa Vilas Rodríguez, y Artemio Precioso eran quizás la excepción. Sin nada especial, amen de rencillas, envidias y chismorreos típicos de una comunidad cerrada y pequeña, donde las cosas no se diluyen. Y donde destacan los intentos de mantener a flote elementos de la cultura común, antes de que se extingan por el relevo generacional. Gracias entre otros al coro de José Luis Citores, o a las tertulias y bailes de jóvenes en un local del barrio de Flora, en el Distrito III, donde se reúnen las células del partido. El vasco Citores, uno de los niños de la guerra enviado a Inglaterra, sabía bailar la Espatadanza, tenía buena voz y regentaba la dirección de aquel coro donde enseñaba canciones españolas.

Momentos de encuentro de una comunidad que, como queda dicho, ascendía a algo más de un centenar de personas, y estaba dividida entre dos ciudades. Esa distribución geográfica respondía en parte a los intentos de castigar a los elementos burgueses del exilio. Una manita por la localidad industrial de Ustí, convertida ahora en ciudad fantasma por la expulsión de la población de habla alemana y la devastación de la guerra, sería suficiente. De este intento de “proletarizarnos” se quejaba el peluquero Modesto Castrillo. “Tu padre es durísimo”, dijo en cierta ocasión a Violeta Uribe, hija del número dos del PCE. Lo de trabajar en fábricas no estaba reservado a los del norte, ya que no pocos se pusieron el mono de obrero en Vysočany, distrito industrial de la capital checoslovaca.

En Praga vivían Manuel Azcárate, Enrique Líster, José Sevil, Juan Modesto, Antonio Cordón, José Moix, el doctor Bonifaci, Honorio Rancaño…, éste último encargado de asuntos prácticos, y que se ocupaba del piso de la calle Manesova, utilizado por los responsables políticos del partido. Aunque en la ciudad residen los pilares de la organización izquierdista, también desfilan por aquí otros personajes de menor perfil, como el escolta de Ibarruri en Francia, el vasco José Villanueva.

Este colectivo capitolino fue en 1950 dividido en cuatro grupos, según consta en un informe de Cordón: los de la fábrica, con 14 militantes en la planta de bienes de equipo ČKD; dos grupos de la ciudad, a razón de catorce miembros, procedentes de Francia y Yugoslavia; y los de la radio, con seis militantes en la emisora estatal Radio Praga Internacional, cinco de los cuales procedían de Yugoslavia. Esto puede parecer un despropósito, ya que los españoles que vivieron en el país adriático llegaron en parte vacunados contra el estalinismo. Pero es que no había otros con aptitudes para trabajar en los medios de comunicación.

Al colectivo de Praga pertenecía además Manuel Tagüeña, que residía en Brno. No estaba de acuerdo con la ruptura con Tito, y se mantenía alejado de sus antiguos colegas de Belgrado.

En la capital se concentraban, en efecto, los esfuerzos por difundir los éxitos del socialismo estalinista. Afanada en este empeño estuvo Teresa Pàmies -que falleció en Granada el 13 de marzo de 2012-, empleada durante años en las emisiones en catalán y castellano de Radio Praga Internacional. La ex activista de las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña (JSUC) rememoró ya desde Barcelona, y con ayuda de su padre, Tomás, los sucesos de 1968, de los que ella no fue testigo directo. Se encontraba en París ilegalmente desde 1957, hasta que en 1969 le conceden la amnistía, y en 1971 regresa a España.

Teresa y Félix Barriga se conocieron en México -donde nació su hijo Tomás-, vivieron juntos en Yugoslavia, y desde allí pasaron a Praga -donde vinieron al mundo Pablo y Cármen-. Cármen era una chica enferma, que quedó recluida en una institución hospitalaria checoslovaca. Tras la separación y reencuentro de Teresa con Gregorio López Raimundo, antiguo compañero de la Guerra Civil, la leridana reabre este capítulo sentimental de su vida. De la unión con López Raimundo nacerán Antonio -en Praga, en 1956-, y Sergio -en París, en 1960-.

Además de Teresa, en la emisora también trabajaron Artemio Precioso Ugarte, el almeriense Miguel Fernández, el hispano chileno Jorge Sánchez, María Solá, el ya mencionado José Luis Citores, Santiago y Montserrat Aguado, Aurora Edenhoffer, y Antonio Casado Machado, éste último nieto de José, exiliado a Chile, y sobrino nieto de sus hermanos, los célebres literatos Antonio y Manuel Machado -y al que hemos dedicado una semblanza en Dos Mundos-.

La divulgación de los ideales socialistas se hacía también por otros canales, como la revista internacional “Problemas de la Paz y del Socialismo”, en cuya edición española trabajaron María Román y el médico Alejandro Cúper. La publicación, realizada en varios idiomas y financiada por la URSS, se editaba en Thakurova 3, hoy paradójicamente sede del seminario arzobispal y de la Facultad de Teología Católica de la Universidad Carolina. Aunque, a decir verdad, el edificio volvió al uso para el que fue originalmente construido.

El colectivo de Ustí nad Labem, más homogéneo, se dividía en cuatro grupos. La mayoría trabajaba en el sector industrial y químico, y estaba menos preparado para las actividades del partido. Al final, cuando Checoslovaquia deja de ser el centro neurálgico de la cúpula del PCE, algo que acontece con la caída en desgracia de Uribe, entonces casi todos los de Ustí volvieron a Praga. Queda allí todavía, como botón de muestra, el restaurante “La casita de España”, regentado por el hijo de uno de estos exiliados, Joaquín Rodríguez Guerrero. En la ciudad norteña también destacaba por su buena apariencia y gracejo Pilar Gallardo, a la que todos veían a buen seguro con agrado en los encuentros de la colonia.

15. 03. 2012

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