Cuando se desperdicia el talento o qué es lo que hace a un buen escritor

David Llorente“Te quiero porque me das de comer” es la última novela de David Llorente, un profesor de español y gran amante del teatro, y que colabora en un colegio bilingüe de Praga desde hace varios años.

Menciono las inclinaciones teatrales de Llorente porque reflejan el tipo de persona que es y cuál es su motivación al escribir.

Algunos estamos en desacuerdo con el lema teatral de Llorente en el escenario. “Provocar al público”. Lo dice él mismo, sin tapujos.

Una vez tuve ocasión de comunicarle mi perplejidad. Me sentí atropellado -así- por una de sus adaptaciones. El título: “Esperando a Godot”. Los actores: Un grupo de chicas adolescentes de la sección bilingüe de su liceo de Budějovicka.

Era un certamen de teatro escolar en español, financiado además por la Embajada. Curiosamente, a pesar de la juventud de los artistas, la mayoría de las obras fueron buenas o muy buenas. La de Llorente no me pareció tanto.

Busqué a Llorente después de la representación y se lo dije. Que el público se merece respeto. Y que las chicas, aunque hayan dado el sí para hacer la obra, son acreedoras de algo más. Del respeto del profesor, que es quien debería sacar lo mejor de sus alumnos. Para eso le pagan. En esa ocasión no se hizo. Reconozco que me tuve que salir a mitad de función.

Debemos apostar por la libertad creativa del genio, porque nos ayuda a descubrir aspectos del ser que se nos escapan.

Sólo el genio (sea artista plástico, cineasta, filósofo, educador, escritor) es capaz de deleitarse con el ser, que es bello, veraz, humano y bueno. El genio tiene entre sus divisas la capacidad especial de mostrar su belleza, veracidad, humanidad y bondad. Aunque la realidad que se cuente sea dura.

Supongo que esa capacidad de deleitarse con el ser es algo innato o cultivado con mucho esfuerzo. Por eso envidio a los genios. Son capaces de verse las caras con él, y de hablar de tú a tú con ese extraño que nos engloba y en el que existimos. Y descubrir esas facetas suyas que nos pasan ocultas.

Aplicado a la literatura, los buenos escritores son los que descubren ese algo del ser que llamamos verdad. Esto es también el caso de los buenos periodistas. Indagan en la verdad a través de la literatura, a veces para tontos, pero literatura al fin y al cabo. Sin perjuicio de que su vida personal sea un retazo de amarguras.

Por eso la buena literatura tiene mucho que ver con la sabiduría. Me viene ahora a la memoria Elizabeth von Arnim, una de mis escritoras preferidas, y que no tuvo una vida nada fácil. Tampoco Chesterton, otro autor de novelas y ensayos que emanaba sabiduría.

Para ser buen escritor no es suficiente escribir correctamente, o incluso muy bien, o tener ideas innovadoras sobre la estructura de la novela. Hay que saber hablar del ser en su verdad. Por eso el Libro de la Sabiduría es una obra literaria maravillosa. Trata precisamente de eso.

Con su narrativa, Llorente ha ganado algunos premios. Está muy bien catalogado en el panorama actual de la novela negra. Lo cierto es que no soy asiduo de este subgénero. Es cuestión de gustos y la vida tiene sus sinsabores, para no añadir más en los ratos de descanso, cuando leemos. Dicho esto, he disfrutado con alguna novela negra de Truman Capote.

David LlorenteMe temo que Llorente se queda en eso de escribir correctamente, o incluso muy bien, y tener ideas innovadoras. En efecto. La crítica de su último libro ha destacado su estructura, donde todo ocurre en tiempo presente.

El diapasón, lo que da ritmo a la narración trepidante, son las recetas de cocina. Se solapa todo. Los acontecimientos políticos de la España de los últimos años. Luego hay una curiosa sociología del barrio del que procede el autor. Creo que es Carabanchel. Luego están los traumas del protagonista, que tuvo una infancia complicada. Y poco a poco surge el psicópata, asesino en serie.

Todo se describe con crudeza, fiel al lema teatral de “provocar al público”. En esto Llorente sigue siendo el mismo. Y, ¿cuál ha sido ahora el instrumento para provocar? Además de la estructura ingeniosa, tras avanzar las primeras páginas me percaté de que estaba envuelto en un mundo curioso. Sí. Un mundo de malos olores. Esto me pareció novedoso. Uno empieza a oler cosas que Llorente no tiene reparo en repetir, una y otra vez. Olor a pedo, a eructo, a pene, a sobaco, a sudor. Olor a vello de la entrepierna. Y a otras cosas, que no diré por respeto a las mujeres.

La capacidad de Llorente de sugerir olores parece no tener límites. Creo que podría compaginar su trayectoria literaria con un trabajo en SC Johnson o Procter & Gamble. Ahí podría ayudar a desarrollar nuevas esencias. Se me ocurre una podría que podría llamarse “esencia a sudor de sobaco de negro”. En dos versiones, simple y concentrada.

Dejando al margen la innovación, y entrando en el contenido, me parece que la obra de Llorente no es crítica social. A pesar de las barbaridades que nos cuenta. A pesar de que llegados a la página 17 se ha pasado revista a la pedofilia, adulterio y un largo catálogo de lacras sociales, como si fueran lo más natural del mundo. Esa es la verdad del ser que nos descubre Llorente. Pero tal vez se queda en la superficie, en lo que podríamos llamar lo animalesco. Nada nuevo bajo el sol.

Se trata de problemas de los que nos informan los periódicos diariamente. ¡Ay, los periódicos! ¿Es esa la fuente de la que bebe Llorente? ¿De la información de los rotativos? O, ¿es su propio mundo interior el que nos pone en el tapete? No es Carabanchel. Me inclino a pensar que son sus propios fantasmas. El mundo del no-ser.

05. 08. 2014

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